Santa Wiborada, patrona de los bibliotecarios

Aprovechando la coyuntura mediática que ha suscitado la visita de Benedicto XVI a nuestro país, he considerado oportuno retomar este te...


Aprovechando la coyuntura mediática que ha suscitado la visita de Benedicto XVI a nuestro país, he considerado oportuno retomar este tema que llevaba unos meses preparando. Descubrí hace poco -por casualidad, todo sea dicho- que el gremio profesional de los bibliotecarios también tenía un patrón. En este caso patrona, Santa Wiborada, e independientemente de nuestras creencias personales en cuestiones religiosas me ha parecido bastante curioso dar a conocer a esta patrona prácticamente desconocida.

Wiborada, nacida en la Región de Aargau (hoy Cantón de Argovia, uno de los cantones suizos muy cerca de Zurich) en el año 861 llegó a ser la primera mujer en llegar a los altares tras su muerte mártir en el año 926 (fue canonizada por Clemente II en 1047). Pese a pertenecer a una familia noble con sobrados recursos económicos, la joven (también podemos encontrarla como Viborada, Guiborat o Weibrath) renunció a una vida acomodada en la ciudad por una celda pequeña y fría en el convento benedictino de San Galo. Algunos historiadores relatan que este cambio brusco no fue sencillo, y es ahí donde comienza su relación con los libros y las bibliotecas. Porque además de rezar, hacer penitencia y atender a los necesitados, tiene encomendada la labor de encuademación y conservación de los manuscritos que se poseen en el convento.

San Galo (Saint Gall) era ya famoso por su biblioteca, una de las más grandes y selectivas de todo el entorno eclesiástico europeo, con manuscritos y copias de los mejores escritores de la época (sus copistas tenían gran prestigio en occidente). Además, los monasterios eran asimismo los lugares donde se impartía la docencia más refinada, cuando todavía no existían las universidades. Por ello, la adquisición o mantenimiento de los libros era una función importantísima, ya que los alumnos no tenían otro acceso a la cultura que los libros que se guardaban en los centros de estudio. Es importante recordar en este punto que en la Edad Media sólo los eclesiásticos y la alta nobleza -en su mayoría varones- accedían a la cultura, por lo que la participación de una mujer en estas labores era algo insólito.

En ese ambiente, y gracias a Wiborada, los ejemplares realizados por el grupo de copistas estuvieron bien confeccionados (tratando sus páginas para unificarlas en un volumen compacto) y fueron celosamente custodiados. Dicha labor era para ella tan importante como sus oraciones. Es más, se puede decir que Wiborada entregó su vida por la conservación de los libros, algo que no se puede decir de ningún otro bibliotecario insigne. En el siglo X, los húngaros se convirtieron en una pesadilla para muchos estados medievales de la Europa Central y pasaron por la tierra de la santa, a mitad de los años veinte del siglo décimo, devastando algunas regiones. Pero antes de la invasión, Wiborada tuvo una visión sobre la catástrofe que iba a ocurrir. Por ello en el monasterio se decidió guardar en un lugar seguro todo lo que tuviera un valor incalculable (vasos sagrados, ornamentos litúrgicos, manuscritos y copias de la biblioteca, etc.) y huir a otras regiones. Sin embargo, Wiborada no huyó. Permaneció sola en el convento a la espera de los acontecimientos para cumplir la promesa que hizo cuando juró los votos. Cuando llegaron los húngaros, llenos de ira, destruyeron el convento y la torturaron, destrozándola con un hacha hasta que falleció.

Así, la imagen que se conserva de ella, en un retrato muy antiguo, representa a una mujer con el hábito benedictino, con un códice en la mano derecha y un hacha en la izquierda. Su festividad es el 2 de mayo.

Miguel S. Reula
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1 comentarios

  1. Acabo de descubrir "mi patrona profesional", gracias por la información.

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